Episodio de los dos lagartos
del libro
La aventura de Castaneda, por Richard de Mille, págs. 46-49.
traducción por José González Riquelme

A eso de las seis de la mañana de aquel domingo, Carlos regresó al lugar donde había estado cultivando durante tres años la hierba del diablo. Siguiendo cuidadosamente las instrucciones que había recogido en sus notas de campo dieciocho meses antes, dedicó la mayor parte del día a la preparación de la poción y del ungüento. Al final de la tarde pasó una hora y media —desde las cinco hasta las seis y media?capturando los lagartos que necesitaba para el ritual. Para cuando consiguió cogerlos «había casi anochecido».

A la luz crepuscular y guiado sólo por la transcripción de las instrucciones de don Juan, llevó a efecto una delicada tarea que nunca había realizado ni había visto realizar antes. Tras introducir a cada lagarto en una bolsa diferente, extrajo uno, se disculpó por herirle y, utilizando una fibra de agave como hilo y la espina de una chumbera como aguja, le cosió la boca apretando bien los puntos. Luego sacó el otro lagarto y, después de perdirle disculpas también, le cosió los párpados a fin de que, privado de la vista, se sintiese más inclinado a contarle lo que veía el lagarto que tenía la boca cosida.

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A continuación, dejó libre a este último y se sujetó el lagarto ciego al hombro derecho, con cuerdas, para no «perderlo o herirlo». Era importante mantener a los dos lagartos vivos. Si el lagarto de la boca cosida hubiera muerto, Carlos habría tenido que abandonar la hierba del diablo por dos años (de hecho, la abandonó para siempre, por lo que puede pensarse que el lagarto murió); si el lagarto ciego hubiera muerto también, Carlos podría haberse vuelto loco. Cuando menos habría tenido un mal viaje.

El lector que a plena luz haya atravesado con una aguja de acero y un hilo suave una pieza de cuero inerte, pero del grosor de un papel y tan grande como una uña de recién nacido, sin romperla, apreciará sin duda la destreza de Carlos al pasar, a la luz del crepúsculo, una espina perforada de chumbera [cholla] y una fibra de agave por las minúsculas membranas parpadeantes de un lagarto vivo, sin romperlas, sin haberlo hecho nunca antes y sin habérselo visto hacer a nadie. «Coser la boca y los ojos del lagarto», decía Castaneda en el libro, «fue una tarea sumamente difícil». Sin duda alguna. Se precisaría ser un hechicero para llevar a cabo semejante truco. Pero esto no era brujería. Ni siquiera alucinación, ya que Carlos no había probado drogas desde hacía quince semanas. Esto era un ejercicio ordinario, como recoger plantas de una ladera o machacar semillas en un mortero. Realidad ordinaria, pero increíble.