Introducción al capítulo 12 de Aprendiz de brujo: Mi vida con Carlos Castaneda, por Amy Wallace, traducción por José González Riquelme

Un año más tarde, después de una serie de aventuras con Carlos Castaneda y las brujas, Carlos y yo nos hicimos amantes. Me aseguraba repetidamente que había permanecido célibe durante 25 años esperando mi llegada. Me propuso matrimonio. No tom?sus extravagantes propuestas en serio, pero poco a poco empec?a enamorarme. Me invit?a que volara desde San Francisco a Ciudad de México para encontrarme con él.


Amy Wallace con su padre, Irving Wallace

 

Pasaje del capítulo 12 de Aprendiz de Brujo: Mi vida con Carlos Castaneda

En México con Castaneda

¡México y Castaneda! Nunca había estado en México, y ahora iba con el último y más grande de los brujos a su hogar mágico. Él me desvelaría sus secretos chamánicos. Me imaginaba una Disneylandia de lo paranormal; Carlos y yo reptando por entre los cactus hacia cuevas subterráneas en donde tomaríamos extraños brebajes que alterarían nuestras mentes y conversaríamos con magos antiguos. Exploraríamos los "sitios de poder" que describi?en sus libros. Seguiríamos los pasos requeridos para lograr la muerte chamánica que soñamos, "ardiendo con el fuego interior" los dos juntos, en una bellísima bola de fuego, apareciendo intactos en otro mundo, y ya nada podría separarnos jamás. ¿Qu?aventurera en su sano juicio podría negarse?

Vol?de San Francisco a Ciudad de México; Carlos me esperaba en el aeropuerto. Me salud?nerviosamente, y me meti?a toda prisa en un coche conducido por un joven afable y educado llamado Marcos Antonio Karam. Tony era el fundador y director de un Instituto Budista en Ciudad de México, Casa Tibet, y era un prodigio admirable --amigo del Dalai Lama, y un imán para los eventos paranormales. Carlos se refería a él cariñosamente como "Tony Lama", y Tony lo llamaba "nagualito". Marivee, un amistoso colega de edad mediana, iba sentado junto a Tony. Carlos me atrajo hacia s? acariciándome efusivamente en el asiento trasero hasta hacerme sentir vergüenza.

Toni Karam (director de Casa Tibet)

"¿Delante de tus amigos?", le pregunt?en un susurro.

"Ellos ni se dan cuenta", dijo amoroso como un colegial en la última fila de un cine.

Pasamos dos días juntos con una actividad trepidante, un galope sin descanso para encontrarnos con los fascinantes amigos de Carlos, entre los cuales estaba Fausto, su editor mejicano, al que present?como "mi sobrino". Carlos dio conferencias de tres horas de duración en español, que yo no entendía, a pequeños grupos reverentes, a los que también les mostr?sencillos movimientos de Tensegridad. Una de las charlas tuvo lugar en la sala de conferencias de una agencia de viajes, otra en un pequeño instituto de la Nueva Era. Una mujer se desmay?histriónicamente por la emoción de encontrarse en la misma habitación que el nagual. Él no se impresion? alguien la sac?de all? La vida con Castaneda era dramática en todo momento.

Carlos quería que, mientras hablaba, me sentara junto a él en una silla delante del primer grupo; como de costumbre, no tenía ni idea de que se me estaba dispensando una gran honor. Al cabo de una hora le susurr?al oído que me iba a dar un paseo. Era mi primera tarde, y no me había movido después de tan largo vuelo; insisti?en que me acompañara Marivee. Recordando este incidente más tarde, me di cuenta de que había cometido una falta grave de etiqueta dejando plantado al nagual y privando a Marivee de la rara oportunidad de escucharlo. Pero Carlos y Marivee fueron tan amables que no sospech?que había cometido un error.

Durante la conferencia, me enter?de que Carlos enseñaba una meditación muy importante llamada "recapitulación", en la que uno hace una lista de todos sus encuentros sexuales, seguida de una lista de todas las personas que uno recuerde haber conocido en su vida. Hacer la lista puede llevar meses de arduo trabajo. Y finalmente, uno comienza la hercúlea tarea de expulsar mediante la respiración la energía negativa de todas estas interacciones humanas. Era la práctica fundamental de la enseñanza de Carlos, y que apenas se explica en sus libros.

Nos quedamos en un hotel modesto y agradable, el María Cristina, en habitaciones separadas. Muy pronto íbamos a compartir la misma habitación, pero por ahora era arriesgado. "Puedo salir volando y no regresar nunca", exclam? Cuando vi mi habitación tuve una sobrecogedora impresión de deja vu --conocía la habitación, el mobiliario, todo. Se lo dije a Carlos, que se mostr?extraordinariamente contento, pero, como de costumbre, no hizo comentarios sobre las experiencias paranormales de los aprendices. Por la mañana Tony le entreg?a Carlos unas fotos que éste rehus?mostrar, diciendo solamente que eran de los voladores, --vampiros de pura energía que todos los días se alimentaban de nuestra conciencia, unas criaturas de las que me había hablado hacía tiempo. Insisti?en que Florinda fuera la primera que viera las fotos y, como novia de Carlos, me sent?herida por este secreto.

Los amigos de Carlos me parecieron encantadores. Tony era mi favorito, y disfrutamos varias comidas juntos. Aunque a Carlos le gustaban los buenos restaurantes, prefería una buena cafetería de estilo casero. Durante una comida sac?un bellísimo reloj del bolsillo, con aspecto de ser de alrededor de 1940. Nos lo pas?para que lo viéramos, diciendo que perteneci?a don Juan. Dondequiera que comiéramos, Carlos siempre pedía un bistec: esto era para él la clave de una dieta sana. Pero cuando lleg?mi humeante plato de enchiladas con salsa verde, lo atac?sin miramientos, con su salsa agria y todo. Me encantaba este gesto de "casados", que me recordaba a mi familia judía a la mesa. De hecho, Carlos asegur?que era un judío sefardita, por parte de su abuela materna.

Carlos me llev?al magnífico Museo Antropológico de Ciudad de México. Me advirti?que la visita movería mi punto de encaje y que podría sentirme muy cansada. Me dijo que ésta sería la primera de muchas visitas, de manera que deberíamos tomárnoslo con tranquilidad". Dijo que su interés primordial era mostrarme media docena de grandes estatuas que representaban a las brujas y a las Chacmooles, de acuerdo con su poco convencional teoría de la reencarnación llamada "ciclicidad", que prometi?explicarme después.

El punto culminante de la visita tuvo lugar cuando me llev?a una habitación pequeña y, haciendo un gesto con la mano, señal?una pared diciendo: "¡Ah? ¿Lo ves? ¿Comprendes?"

En la pared había una antigua máscara de muerto, que Carlos me dijo que representaba el espíritu de mi padre, que en cierto modo era mi padre --no un simple parecido. Se parecía tanto a Irving que cuando la vi di un grito, y escond?la cara entre las manos para ocultar mis lágrimas.

"Mi niña," dijo Carlos cariñosamente, "es hora de que descanses. Como te dije, estar con el nagual es tan estresante. Hace que te sientas cansada hasta que tu cuerpo se adapta. ¡Y ver a Irving! Ese era Irving, ¿s?o no?" Los ojos de Carlos brillaban con lágrimas reprimidas. Una vez más imit?las habituales conversaciones que ellos mantenían sobre tener aspecto juvenil, agregando,

"Créeme, Amy, éramos una pareja de vejestorios, con un aspecto de mierda, mintiendo como locos cada año y desternillándonos de risa, y ¡lo sabíamos! ¡Era maravilloso! Y cada vez que vengo aqu?--y lo he estado haciendo durante décadas-- le digo hola a Irving. Durante años he estado saludándolo. Le digo: 'Irving, ¿cómo estás? ¡Tienes mejor aspecto que nunca!'" Carlos se limpi?las lágrimas y me sac?afuera.

Salimos del museo a tomar un poco el aire. En ese preciso momento, estaba comenzando uno de los eventos culturales más famosos de Ciudad de México. En los jardines del museo se levantaba un poste extraordinariamente alto --parecía tener una altura de cientos de pies, como si, en mi estado de imaginación acrecentada, estuviera barriendo las nubes, queriendo alcanzar a las primeras estrellas del crepúsculo.

Seis hombres, llevando solamente unas bandas de cuero atadas alrededor de los pies, subieron al poste. Llevaban unos diminutos y coloridos taparrabos, mostrando unos cuerpos magníficos y delgados. Parecían criaturas pertenecientes a un mundo tan lejano como si hubieran salido de un libro de sueños de Carlos. Me dijo que se les llamaba "voladores"; no tenían nada que ver con los voladores de las fotos de Tony.

Eran tanto felinos como humanos --todo armonía y vigor y sublime concentración. Un resbalón significaba la muerte, incluso con las bandas de cuero --pues las bandas se romperían con facilidad. Sin intercambiar una palabra o una mirada, sólo dándonos las manos, estaba segura, con la seguridad que tienen los amantes, que Carlos y yo nos comprendíamos el uno al otro. La vida entera era sólo este momento de riesgo, en lo alto y sin protección. El arte de los voladores, su interpretación, repetido durante cientos de años, pretendía que despertáramos ante la inminencia, terrible y sabrosa, de nuestro propio final. Ellos personificaban la filosofía descrita en los libros de Carlos, que la muerte siempre debe "tomarse como nuestra consejera, en todo momento presente sobre nuestro hombro". La gente esperaba durante todo el día para asistir a este espectáculo. Carlos crey?que era un augurio extraordinario, sobre la fuerza de nuestro amor, que hubiéramos salido del museo en el preciso momento en que empezaba esta danza. Cuando vio que comenzaba el espectáculo, sus ojos se volvieron a llenar de lágrimas --era la primera vez que lo veía llorar abiertamente.

"Están buscando el infinito, Amy. Saben que su intento es inútil, pero suben y suben y nunca ceden. Tratan de alcanzar... as?es el hombre rompiendo sus cadenas, luchando por salir de su prisión, sabiendo que lucha sin esperanza, pero nada le hace desistir. Est?lleno de alegría y dice: '¡Joder! ¡Joder en Dios! ¡El placer est?en el viaje!' Entonces lo posee todo. Cuando lo que tienes es más que suficiente, mi amor, entonces, y sólo entonces, estás al borde de la impecabilidad. Algo nos ve; y ese algo ama nuestra lucha."

Nos besamos. Los danzarines habían llegado al punto más alto. Permanecían unidos por las cuerdas atadas a sus tobillos, pero las soltaron y cayeron con magnificencia hacia fuera en los brazos del cielo. Describían círculos y se balanceaban maravillosamente, bailando con la muerte con una precisión y disciplina que me parecía inconcebible aunque lo estuviera viendo.

"En una ocasión", dijo Carlos con solemnidad, "yo estaba con don Juan y se nos mostr?este mismo augurio --justo cuando salimos del museo nos encontramos con los voladores, que estaban empezando a subir. Mientras giraban, con la puesta de sol al fondo, un águila enorme, con unas alas ¡as? de grandes!, cruz?el cielo por encima del poste, por encima de las cabezas de los danzarines. El águila subi?tan increíblemente alto que se convirti?en un punto diminuto en la inmensidad azul; hasta que todo lo que qued?fue el recuerdo de su vuelo."

Volvimos al hotel en silencio. Me puse un vestido de seda pálido y llam?a la puerta de Carlos.

"Pareces una monja," dijo sorprendido. Me bes?en el cuello como si fuera algo frágil. Nos abrazamos, e hicimos el amor mirándonos directamente a los ojos. Habiendo desaparecido ya toda mi timidez, le dije: "Te amo".

"¿Qu?" Con aspecto impresionado, replic? "¿Me amas?"

"S? As?es. Te amo."

"¡Ah! Y yo te amo a ti. Eres mía, preciosa, toda mía... Me perteneces y yo te pertenezco, completamente... No hay nadie más y nunca lo habr? Soy tu hombre, para la eternidad. ¿Prometes entregarte completamente a tu esposo?

"S?"

"¿Sabes lo que dices?" Había un fulgor incómodo y temible en sus ojos. "Vas a ser la esposa del nagual. No hay vuelta atrás. El mundo --el mundo tal como t?lo conoces-- desaparecer?para siempre. He estado tan profundamente dentro de ti, fundido con mi adorable esposa, que... ya no eres humana. Has dicho adiós al mundo."

Son?el teléfono. Carlos lo descolg?y comenz?una larga conversación en un español tal rápido que no pude entender nada. Decid?retirarme a mi habitación.

Al cabo de 20 minutos llam?a la puerta de Carlos. Lo encontr?sentado en la cama con la cabeza entre las manos. En zapatillas y bata, y con su canoso pelo revuelto, me pareci?un hombre viejo por primera vez.

Me sent?junto a él. "¿Qu?pasa?"

"Tengo que irme, chica."

"¿Puedo ir contigo?"

"No, No . . . Quisiera quedarme aqu? contigo, pero tengo que marcharme con unos indios."

"¿Los indios de tus libros?"

"¡No! ¡Otros indios!" Se apretaba la frente con angustia.

Me mir?como derrotado. "¡Yo no quiero ir! Quiero estar aqu? contigo, quiero quedarme contigo, ... pero no tengo elección. Tienes que tomar el primer vuelo de la mañana y volver a casa. Ve a dormir, querida, ... Te despertar?a las cinco."

Coloc?un mechón de mi pelo detrás de mi oreja izquierda y me bes?en el cuello con ternura.

"Y éste para que el otro lado no se sienta sólo", dijo besando mi oreja derecha. Sus ojos estaban decididamente tristes.

"Te dejar?en el avión, y te llamar?en cuanto pueda, mi corazón. Te amo."

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