Etnografía auténtica en contraposición a literatura novelesca inspirada en la Antropología: Shabono y Yanoáma cotejados.
Parte 2: Pasajes de muestra

Comparación I

Tomado de Yanoáma de Biocca, págs. 50-51:

Un anciano llegó una noche al shapuno; se llamaba Shoamao. Tenía sus dos ojos, pero con uno no nos podía ver. Llevaba una gran olla de barro. El anciano dijo: 'He venido a invitaros a Hekurawetari. Tienen muchas pupugnas maduras; os invitan'. Habló mucho; cantaba al hablar, tal como hacen cuando vienen a invitar a la gente. El tushaua contestó: 'Yo no puedo ir ahora; acabo de limpiar el shapuno; los plátanos que he colgado todavía no están maduros; las pupugnas están madurando. Si voy, se echarán a perder. Si voy, los Kohoro-shiwetari vendrán aquí y destruirán todos mis árboles. Quiero esperar aquí a los Kohoroshiwetari: nuestros hombres han matado a muchos de sus hijos y han capturado a muchas de sus mujeres. Seguro que vienen; si no me encuentran, dirán que he huido. Quiero que los Kohoroshi-wetari vengan a matar a mis hijos aquí en el shapuno, no quiero que me encuentren viajando. Cuando se viaja uno no está preparado y las mujeres van caminando detrás. En el shapuno dejamos a las mujeres y los niños; incluso cuando vamos a la selva cercana lo hacemos con gran precaución'.

Después Shoamao fue al padre de Xoxotami y dijo: 'Ven tú, si el tushaua no quiere venir; al menos tú puedes venir a Hekurawetari, que me han enviado para invitarte'. El padre de Xoxotami replicó: 'Sí, yo iré. No me importa dejar la fruta. Otros pueden comerse mis plátanos, y mis pupugnas también si quieren'. Pero los otros no querían ir, en parte porque Shoamao había dicho que los Shamatari estaban a punto de venir a luchar contra los Hekurawetari.

 

Tomado de Shabono de Florinda, pág. 103 (*):

...un extraño entró en el shabono llevando un gran envoltorio. Tenía el cabello todavía mojado de haberse bañado en el río; su rostro y su cuerpo estaban extravagantemente pintados con onoto. Dejando en el suelo su paquete y también el arco y las flechas, se quedó unos minutos de pie, en silencio, en el centro del claro, y luego se aproximó a la cabaña de Arasuwe.

—He venido a invitaros a la fiesta que celebra mi gente —dijo el hombre con voz aguda y cantarina? El jefe de los mocototeris me ha enviado a deciros que tenemos muchos plátanos maduros.

Arasuwe, sin levantarse de la hamaca, le dijo al hombre que no podría asistir a la fiesta.

—No puedo dejar ahora mis huertos. He plantado plátanos nuevos; necesitan cuidado. —Arasuwe hizo un amplio gesto con la mano? Mira toda la fruta que cuelga de las vigas; no quiero que se eche a perder.

El visitante caminó hasta nuestra cabaña y se dirigió a Etewa.

—Tu suegro no quiere venir. Espero que tú podrás visitar a mi gente, que me ha enviado para invitarte.

Etewa se golpeó los muslos con alegría.

—Sí. Yo iré. No me importa dejar mis plátanos. Les daré permiso a otros para que se los coman.

[En las dos páginas siguientes, Florinda indica que una amenaza de ataque por parte de los mocototeris y los propios planes del shabono de atacarlos eran los motivos que tuvo Arasuwe para declinar la invitación.]

Comparación II

Tomado de Yanoáma de Biocca, págs. 71-74:

Capítulo 9: "Aprendiz de brujo-curandero"

Cuando el Shamatari oía un viento fuerte, a menudo gritaba: '¡Recoged a los niños que vienen los Hekurá! o: '¡Los Hekurá de los hombres blancos vienen del gran río!' Entonces miraban a lo lejos: 'Allá van, allá van, muy lejos...' Cuando decían esto, yo pensaba: '¿Estará cerca el gran río?' Pero no decía nada a nadie.

En el centro del recinto de este gran shapuno, había una cabaña aislada o tapirí. Adentro de ese tapirí un joven se fue a vivir, con su hamaca y nada más. Me dijeron que iba a aprender a ser un Hekurá. Ninguna mujer podía acercarse al tapirí donde estaba el joven, ni siquiera su madre, porque dijeron que los Hekurá detestan a las mujeres y huyen de ellas. Solamente un muchacho, que todavía no tenía quince años, fue a dormir con su hamaca en ese tapirí para soplar el fuego y echarle leña. El que está aprendiendo no debe bañarse y debe tratar de no tocar la tierra con sus pies, de lo contrario los Hekurá regresarían a las montañas de las que bajaron para llegar hasta él. El joven no podía comer casi nada. Tenía absolutamente prohibido comer carne. Después de permanecer aislado durante un par de días, los hombres fueron a buscar miel de abeja, la pusieron en una de esas ollas cónicas y le dieron una poca en una pequeña cuia, blanca y muy raspada; la habían raspado con esas hojas que son ásperas como limas. Por la noche le dieron una poca más, otra vez por la mañana, otra vez hacia el mediodía, y así sucesivamente. Cuando la miel se acabó, tuvieron que ir a buscar más. Al final los hombres dijeron: 'Ya no podemos encontrar más miel'. Entonces el tashaua replicó: 'Salid pronto por la mañana y buscarla muy lejos, hasta que la encontréis'.

Él no podía salir de la cabaña. Cuando se cansaba de estar tendido en la hamaca, se sentaba en dos trozos de tronco, muy pulidos con esas ásperas yerbas de ellos. Un día, cuando el viejo maestro Shapori estaba instruyendo al joven, algunos vecinos comenzaron a quemarle el pelo a un mono para cocinar al animal. El anciano empezó a gritar y correr, diciendo que los espíritus Hekurá estaban abandonando el shapuno y volviendo a las montañas de las que habían sido llamados. Durante la noche podíamos oír la canción del anciano repitiendo: 'Nosotros los Hekurá no vendremos a ti otra vez; vivimos muy lejos y no regresaremos'. Entonces el joven lloró y se desesperó.

 

El joven tomaba mucho epená, un polvo vegetal que produce visiones; no era el maestro el que soplaba epená en su nariz, sino un muchacho que todavía no había conocido mujer. Soplaba tres veces en un ventana de la nariz, tres veces en la otra, y después se retiraba. También seguía tomando epená por la nariz durante la noche; su cara se oscureció con el epená. El maestro, que fue a verle muy de mañana, quería verificar que el muchacho no se olvidaba de soplarlo en la nariz del aprendiz, y le dijo: 'Recuerda siempre soplar epená en su nariz'. El viejo Shapori que dirigía la enseñanza también tomó epená; fueron los otros hombres los que lo soplaron en la nariz del maestro.

De manera que el aprendiz empezó a conocer a los Hekurá; primero aprendió a invocar el Hecurá del tucán, después el Hekurá del tucán más pequeño, el del pequeño papagayo, y el del pavo real silvestre con alas blancas. Después vino el Hecurá más difícil: el del gran armadillo, el del pequeño armadillo y así siempre nuevos Hecurá, que sólo los más viejos saben cómo invocar. El maestro le enseñó muchas cosas: uno no sabe realmente cuáles, porque lo enseñaba sólo de noche. Hizo que apagaran los fuegos, porque, dijo, el Hecurá no puede acercarse si hay luz. Nosotros, los que vivíamos cerca, no podíamos hacer fuego. Los ancianos dijeron: 'Apagad todos los fuegos'. En una ocasión estaba yo reavivando el fuego y el viejo maestro Shapori gritó: '¿De quién es hija la que está encendiendo un fuego? La golpearé con un palo'. La vieja me dijo: '¡Apaga el fuego en seguida!', y le eché pieles de plátano. Tan pronto como el viejo maestro acabó de hablar con suavidad, comenzó a cantar: entonces uno podía encender el fuego de nuevo.

Cuando el aprendiz estaba tan embriagado con epená que no podía sostenerse en pie, un hombre se colocaba detrás de él y lo sostenía, mientras el maestro iba y venía cantando, de manera que el joven pudiera hacer lo mismo. Tenía que repetir los cantos que el maestro le enseñaba. Repetía el primero y el segundo cantos; entonces el maestro salía, diciendo: 'Canta más alto; no oigo nada; más alto'. El joven cantó más alto; el anciano se alejó aún más y repitió: 'Canta... No oigo nada', y envió a alguien para que le soplara más epená en la nariz. Si el joven se equivocaba en las palabras, o las olvidaba, el viejo Shapori las repetía y las repetía, hasta que el alumno las había aprendido. El maestro hacía que el joven, que estaba embotado por el epená, se levantara, que se moviera hacia un lado y otro, gritando y cantando con sus brazos abiertos. Tenía que ir despacio, porque, dijo, si iba con rapidez el camino de los Hecurá, que no estaba todavía bien formado, podría romperse y los Hecurá no acudirían a su llamada.

Los otros hombres que ya eran Shapori, estaban sentados y decían: '¡Bien! ¡Eso está bien!' Después de algún tiempo, el anciano que estaba enseñando dijo a otro Shapori: 'Ahora enseña tú durante unos días'. Se podía cambiar de maestro. Una noche oí al joven cantar por sí mismo: 'Padre, los Hecurá están llegando ya; hay muchos. Vienen bailando hacia mí, padre. ¡Sí, ahora yo también seré un Hecurá! ¡A partir de hoy, no permitáis que ninguna mujer vuelva a acercarse a mi tapirí! Una mujer, pintada con urucú oloroso, pasó cerca de la cabaña; entonces el joven se desesperó y lloró. 'Padre, una mujer malvada ha pasado cerca de mí; ahora mis Hecurá me están abandonando. Ya se están llevando sus hamacas'. Estaba verdaderamente desesperado: 'Padre, los Hecurá me han dejado sólo; los que tú pusiste en mi pecho ya se han ido'. Entonces los viejos gritaron y gritaron contra nosotras las mujeres. Por una sola mujer que había pasado por allí pintada y perfumada, todas recibíamos la culpa.

El joven, después de unas pocas semanas de tomar epená y de comer tan poca comida, estaba tan débil que apenas podía mantenerse en pie. Entonces su madre empezó a llorar, porque su hijo no tenía ni siquiera voz para contestar a su maestro. La madre, las tías, empezaron a decir desde lejos: 'Nuestro hijo ya no tiene fuerzas; ¿Queréis realmente hacer que muera de hambre? Ya es hora de dejarlo en paz'. Pero los viejos Shapori no estaban preocupados. Al fin el maestro llamó al muchacho que siempre había soplado el epená, le ordenó que calentara agua en la olla de barro y que lavara al joven, frotándolo bien por completo; después hizo que lo secara con cortezas de árbol. Otro muchacho, que sabía pintar, le pintó unas hermosas líneas onduladas en las piernas, en el cuerpo y en la cara con urucú mezclado con carbón.

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Cuando acabó, después de tantos días, quizás un mes, estaba realmente débil. Dijeron que pudo haber perdido fácilmente su Hecurá. Tenía una joven, que le había sido prometida; pero la dejó con su madre sin acercarse a ella.

Dicen que si los jóvenes, que acaban de aprender a ser Hekurá, cometen alguna fechoría con mujeres, el Hekurá les habla así: 'Iba a venir a vivir contigo, pero me has manchado. Me voy con tus otros Hekurá; no nos vuelvas a llamar, porque no volveremos'. He oído a veces, en la quietud de la noche, cantar y llorar a un joven: 'Padre, los Hekurá me están abandonando; ven y haz que se queden conmigo'. Entonces venía el anciano que lo había instruido y le decía: 'No llores, invoca'. El joven continuaba: 'La hija del Hekurá me ha dado la espalda y se ha marchado; todos los Hekurá me desprecian ahora, me llaman shami (sucio). Ahora me habla la hija del Hekurá; me dice: "Pensé que eras nuestro padre, pero me has ensuciado, no vales nada, así que ahora estarás sólo". Algunas veces el maestro decía: 'Muy bien; has estado con mujeres, no has respetado lo que te había dicho; ahora tus Hekurá han huido". Entonces el joven lloraba y lloraba. En otras ocasiones dos o tres viejos Hekurá [¿Shapori?] venían, tomaban epená, lo soplaban en la nariz del joven, y entonces decían: 'Llama; también nosotros estamos llamando a los Hekurá para ti', y cantaban: 'Hapo he, Hapo he, Hapo he...' Por sus bocas el Hekurá contestaba: 'Nunca volveremos; él es shami, está sucio, no vale nada'. Entonces el anciano decía: 'No sirve de nada llamarlos; sus hamacas ya están enmohecidas; te han abandonado'. Dicen que los que son viejos Hekurá pueden, sólo por maldad, ahuyentar con sus Hekurá a los de los jóvenes.

 

Tomado de Shabono de Florinda, págs. 134-138 (*):

Unos días más tarde, Puriwariwe anunció que Xorowe, el hijo mayor de Iramamowe, debía ser iniciado como shapori. Xorowe tenía tal vez diecisiete o dieciocho años. Su cuerpo era ágil y esbelto, y en su rostro estrecho de facciones finas sus ojos castaños oscuros parecían demasiado grandes y brillantes. Llevando sólo una hamaca, se trasladó a la pequeña cabaña que había sido construida para él en el claro. Se creía que los hekuras huían de las mujeres, por lo que no se permitía a ninguna de éstas acercarse a la habitación, ni siquiera a la madre, la abuela y las hermanas de Xorowe.

Eligieron a un joven que nunca había estado con una mujer para que cuidara del iniciado. Él soplaba el epena en la nariz de Xorowe, vigilaba que el fuego no se apagara y se aseguraba todos los días de que Xorowe tuviera una cantidad suficiente de agua y miel, la única comida que el iniciado tenía permitida. Las mujeres siempre dejaban leña suficiente fuera del shabono, para que el muchacho no tuviera que ir a buscarla demasiado lejos. Los hombres eran responsables de encontrar la miel. Cada día, el shapori los enviaba más lejos, por la selva, a buscar nuevos panales.

Xorowe se pasaba la mayor parte del tiempo dentro de la cabaña, tendido en su hamaca. A veces se sentaba en un tronco pulido que Iramamowe había colocado fuera de la casita, porque no debía sentarse en el suelo. Al cabo de una semana, el rostro de Xorowe se había oscurecido debido al epena. Sus ojos, antes brillantes, estaban opacos y desenfocados. Su cuerpo, sucio y demacrado, se movía con torpeza, como si estuviera ebrio.

La vida continuó como siempre en el shabono, excepto que para las familias que vivían más cerca de la cabaña de Xorowe, a las que no se les permitía cocinar carne en sus hogares. Según Puriwariwe, los hekuras detestaban el olor de la carne asada y con sólo que olfatearan levemente este aroma, huirían de vuelta a las montañas.

Como su aprendiz, Puriwariwe tomaba epena día y noche. Sin descanso, cantaba durante horas, invitando a los espíritus a la cabaña de Xorowe, suplicando a los hekuras que abrieran de un tajo el pecho del joven. Algunas noches, Arasuwe, Iramamowe y otros acompañaban al anciano en sus cantos.

Durante la segunda semana, con una voz insegura y temblorosa, Xorowe se unió a los cantos. Al principio sólo entonaba las canciones de los hekuras del armadillo, el tapir, el jaguar y otros animales grandes, que se consideraban espíritus masculinos. Eran los más fáciles de convencer. Luego, las canciones de los hekuras de las plantas y las rocas. Por último, las de los espíritus femeninos: la araña, la serpiente y el colibrí. No sólo eran los más difíciles de atraer, sino que su naturaleza traicionera y celosa resultaba difícil de controlar.

Una noche, tarde ya, cuando la mayoría de los habitantes del shabono dormían, me senté fuera de la cabaña de Etewa y contemplé a los hombres que cantaban. Xorowe estaba tan débil que uno de aquéllos tenía que sostenerlo para que Puriwariwe pudiera bailar a su alrededor.

—¡Xorowe, canta más alto! —le decía el anciano? Canta tan alto como los pájaros, tan alto como los jaguares. —Puriwariwe salió bailando del shabono y se internó en la selva? ¡Xorowe, canta más alto! —gritaba? Los hekuras que viven en todos los rincones del mundo necesitan escuchar tu canción.

Tres noches más tarde, los gritos de alegría de Xorowe resonaron en todo el shabono:

—¡Padre, padre, los hekuras se acercan! Puedo oírlos zumbar y silbar. Bailan y vienen hacia mí. Me están abriendo el pecho, la cabeza. Vienen a través de mis dedos y de mis pies. —Xorowe salió corriendo de la cabaña. En cuclillas ante el anciano, gritó? ¡Padre, padre, ayúdame, porque vienen a través de mis ojos y mi nariz!

Puriwariwe ayudó a Xorowe a levantarse. Empezaron a bailar en el claro; sus sombras delgadas y esqueléticas se derramaban por el suelo iluminado por la luna. Horas más tarde, un grito desesperado, el aullido de pánico de un niño, perforó el alba.

—¡Padre, padre, de aquí en adelante no dejes que ninguna mujer se acerque a mi cabaña!

—Eso es lo que dicen todos —murmuró Ritimi, saliendo de su hamaca. Atizó el fuego y enterró varios plátanos entre las brasas? Cuando Etewa decidió que lo iniciaron como shapori, yo ya me había ido a vivir con él. La noche en que le suplicó a Puriwariwe que no dejara a ninguna mujer acercársele fui a su cabaña y expulsé a los hekuras.

—¿Por qué?

—La madre de Etewa así me lo aconsejó. Tenía miedo de que él se muriera. Sabía que a Etewa le gustaban demasiado las mujeres, y que nunca se convertiría en un gran shapori. —Ritimi se sentó en mi hamaca? Te contaré toda la historia. —Se instaló cómodamente contra mí, y empezó a hablar en un murmullo bajo? La noche en que los hekuras entraron en el pecho de Etewa, gritó igual que Xorowe ha gritado esta noche. Los hekuras hembra son los que producen tanto ruido. No quieren a ninguna mujer en la cabaña. Etewa sollozaba amargamente esa noche, gritando que una mujer malvada había pasado cerca de su cabaña. Me sentí muy triste cuando le oí decir que los hekuras lo habían abandonado.

—¿Etewa llegó a saber que fuiste tú quien estuvo en la cabaña?

—No. Nadie me vio. Si Puriwariwe lo sabe, nunca se lo dijo, pues él sabía que Etewa nunca sería un buen shapori.

—¿Por qué fue iniciado entonces?

—Siempre hay la posibilidad de que un hombre se convierta en un gran shapori. —Ritimi apoyó su cabeza en mi brazo? Aquella noche muchos hombres se quedaron cantando para que los hekuras volvieran. Pero los espíritus no tenían ningún deseo de volver. Huyeron no sólo porque Etewa quedó manchado por una mujer, sino porque temían que él nunca fuera un buen padre para ellos.

—¿Por qué se mancha un hombre cuando va con una mujer?

—Los shaporis se manchan. No sé por qué, pues tanto los hombres como los shaporis disfrutan de ello. Creo que los hekuras hembras están celosos y tienen miedo de un hombre que goza de mujeres con demasiada frecuencia.

Ritimi continuó explicando que un hombre sexualmente activo tiene pocos deseos de tomar epena y cantar a los espíritus. Los espíritus masculinos no son posesivos. Se contentan con que un hombre tome el alucinógeno antes y después de una cacería o un asalto.

—Yo prefiero tener por marido a un buen cazador y guerrero que a buen shapori —confesó? A los shapori no les gustan mucho las mujeres.

. . . . . . . .

Una semana más tarde, la madre, hermanas, tías y primos de Xorowe empezaron a lamentarse en sus cabañas.

—¡Anciano! —gritaba la madre? Mi hijo ya no tiene fuerza. ¿Quieres matarlo de hambre? ¿Quieres matarlo de falta de sueño? Es hora de que lo dejes en paz.

El viejo shapori no prestó atención a sus gritos. La noche siguiente, Iramamowe tomó epena y bailó ante la cabaña de su hijo. Alternativamente, saltaba muy alto o se arrastraba a cuatro patas, imitando los feroces rugidos de un jaguar. Se detuvo de pronto. Con los ojos fijos en un punto situado directamente delante de él, se sentó en el suelo.

—¡Mujeres, mujeres, no desesperéis! —gritó con voz fuerte y nasal? Xorowe tiene que quedarse sin comida unos pocos días más. Aunque parece débil y sus movimientos son torpes y se queja en sueños, no se morirá.

Levantándose, Iramamowe se dirigió a Puriwariwe y le pidió que soplara más epena en su cabeza. Luego volvió al mismo lugar donde estuvo sentado.

—Escucha con cuidado —me aconsejó Ritimi? Iramamowe es uno de los pocos shaporis que han viajado al sol durante su iniciación. Ha guiado a otros en su primer viaje. Tiene dos voces. La que acabas de oír es la suya; la otra es la de su hekura personal.

Ahora las palabras de Iramamowe surgían de lo hondo de su pecho; como piedras que rodaran por un barranco, las palabras se amontonaban en el silencio de la gente reunida en sus cabañas. Acurrucados y juntos, en una atmósfera pesada de humo y expectación, apenas parecían respirar. Sus ojos brillaban de anhelo por lo que el hekura personal de Iramamowe había de decir, por lo que iba a ocurrir en el mundo misterioso de los iniciados.

—Mi hijo ha viajado hasta las profundidades de la Tierra y se ha quemado en los ardientes fuegos de las cavernas silenciosas —dijo Iramamowe con su atronadora voz de hekura? Guiado por los ojos de los hekuras, ha sido conducido a través de telarañas de oscuridad, a través de ríos y montañas. Le han enseñado las canciones de los pájaros, los peces, las serpientes, las arañas, los monos y los jaguares.

»Aunque sus ojos y sus mejillas están hundidos, es fuerte. Los que han descendido a las cavernas silenciosas y ardientes, los que han viajado más allá de la neblina de la selva, volverán con su hekura personal en el pecho. Ellos serán guiados hasta el sol, a las luminosas cabañas de mis hermanos y hermanas, los hekuras del cielo.

»¡Mujeres, mujeres, no gritéis su nombre! Dejadlo continuar su viaje. Dejadlo separarse de su madre y sus hermanas, para que pueda alcanzar ese mundo de luz, que es más agotador que el de la oscuridad.

Fascinada, escuchaba la voz de Iramamowe. Nadie hablaba, nadie se movía, nadie miraba nada que no fuera su figura, rígidamente sentada ante la cabaña de su hijo. Después de cada pausa, su voz se alzaba a un tono de intensidad más alto.

—¡Mujeres, mujeres, no desesperéis! En su camino encontrará a los que han soportado las largas noches de niebla. Encontrará a aquellos cuyos cuerpos fueron quemados y cortados en pedazos, cuyos huesos fueron arrancados y puestos a secar al sol. Encontrará a los que no cayeron en las nubes en su camino hacia el sol.

»¡Mujeres, mujeres, no perturbéis su equilibrio! Mi hijo está por llegar al final de su viaje. No contempléis su rostro oscuro. No miréis sus ojos vacíos que brillan sin luz, porque está destinado a ser un hombre solitario.

Iramamowe se levantó. Con Puriwariwe, entró en la cabaña de Xorowe, donde pasaron el resto de la noche cantando suavemente a los hekuras.

Pocos días después, el jovencito que se había encargado de Xorowe durante sus largas semanas de iniciación lo lavó con agua caliente y lo secó con hojas aromáticas. Luego pintó su cuerpo con una mezcla de carbones y onoto: líneas onduladas que iban desde su frente hasta sus mejillas y hombros. El resto de su cuerpo quedó salpicado de manchas rojas dispuestas uniformemente que le llegaban hasta los tobillos.

Por un momento, Xorowe se quedó en medio del claro. Sus ojos brillaban tristemente desde las órbitas hundidas, llenos de una inmensa melancolía, como si acabara de darse cuenta de que ya no era el ser humano que fuera hasta entonces, sino apenas una sombra. Sin embargo, había un aura de fuerza en torno a él que antes no tenía, como si la convicción de la sabiduría y la experiencia recién adquiridas fueran más perdurables que la memoria de su pasado. En silencio, Puriwariwe lo condujo hacia la selva.

(*) N. del T.: Shabono, de Florinda Donner, traducción de Paloma Villegas, Madrid, 1997, Gaia Ediciones.